Rasgos negativos de nuestra cultura

No me referiré a la diversidad cultural, a las riquezas de nuestras idiosincrasia, a todas esas características positivas que nos definen como nicaragüenses y que nos hacen sentir orgullosos. Hablaré más bien  de los malos hábitos y malas costumbres que tenemos muy arraigadas como sociedad, y que son también parte de nuestra identidad cultural.

Es innegable que somos un país con muchas virtudes que vale la pena resaltar, pero de eso se habla bastante, sobre todo para vender una buena imagen como nación.  Pero también es innegable que  tenemos algunos defectos que nos caracterizan, y que también vale la pena enumerar bajo la premisa que nos reconozcamos en ellos, con el fin de ir rompiendo esos paradigmas sociales.

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Máscara de la danza de el Macho Ratón / Foto de Gipsy Galeano.

Usaré los términos más comunes para describir tales rasgos.

Somos hospitalarios, es verdad, pero a veces tanto, que  llegamos al extremo de convertirnos en “candil de la calle, oscuridad de la casa”, adagio muy popular que no en balde hemos escuchado de nuestros padres y abuelos desde que somos pequeños.  Y esos excesos de atenciones con los de afuera muchas veces nos hacen perder la perspectiva y terminamos incluso convirtiéndonos en  matamamas, expresión que en realidad tiene varias acepciones, pero en este caso, me remito a la usada para reconocer que terminamos atendiendo mejor al foráneo al punto de hacer a un lado a nuestros congéneres más cercanos.

Este sería una de esos primeros rasgos negativos, que aunque se desprende de uno positivo, es una muestra de que todo exceso es perjudicial. En este caso la condición de ser extremadamente hospitalarios se traduce en daños colaterales para los nuestros.

Horriblemente impuntuales

Probablemente estemos mejorando en esto. Tengo la vaga sensación de que así es.  Pero también es algo que tenemos tan arraigado, que hasta nos jactamos, como si fuera motivo de orgullo, con expresiones como: “nos vemos a las 11 pues” pero tras esa alocución advertimos: “hora nica”, adelantando de ese modo que es casi seguro que llegaremos después de la hora acordada.  Y lo peor es que nos contradecimos diciendo que “el tiempo vale oro.”

Bien lo ilustra Emilio Álvarez Montalván, en su libro Cultura política nicaragüense, al referir que “tenemos un menosprecio por el valor del tiempo, que expresamos en la impuntualidad a citas convenidas”, Álvarez atribuye esta actitud de minusvalía con que tomamos el tiempo, a una visión distorsionada del mismo y ejemplifica diciendo que es común escuchar expresiones como “convoquemos a las nueve para que podamos empezar a las diez”.

Cuando de encontrarse con alguien se trata, no importa si es una reunión de trabajo, una cita amorosa, o cualquier otro motivo, siempre una de las partes involucradas tiene que esperar, si no es que llegan tarde las dos, pues generalmente nos atenemos a que el otro va a llegar tarde. Sin embargo esto tambien tiene repercusiones mayores pues, por la impuntualidad se pierden oportunidades importantes. ¿Cuántos nicas de los que viajan al extranjero habrán perdido el avión por tan mala costumbre?.

Cochinos. Tiramos la basura en cualquier lugar. (Prefiero creer que también en esto hemos mejorado aunque quizá no tanto). Basta con fijarnos, los que no lo hacemos, que no hay un solo día en que no veamos gente tirando algo sea por las ventanas de los buses o cualquier otro vehículo, o también por parte de quienes se trasladan a pie. Incluso, hay quienes, disimuladamente cuando barren el patio o la acera de su casa, empujan a escobazos parte de la basura hacia la propiedad vecina.

Chismosos. Somos expertos en criticar. En todas partes, en todos  los espacios de interacción, en todas las clases sociales y en todas las edades, en el vecindario, en el barrio, en el residencial, en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en el mercado, y ahora hasta en las redes sociales somos “tulacuechos”.  Por todos lados pululan los chismes.

Burlescos. Nos gusta hacer chacota, mofarnos de los demás.  Por ejemplo, si vemos que alguien se cae, antes de preocuparnos por si se lastimó es como de rigor reírse primero. Como si estuviéramos programados para eso. Y por eso mismo es que, cuando nos pasa a nosotros, procuramos a toda costa levantarnos apenas tocamos el suelo, previo recorrido visual por todo nuestro alrededor, para asegurarnos que nadie nos vio, y no seamos el hazmerreir de quienes fueron espectadores fortuitos del espectáculo de la caída.

Pero también practicamos la mala costumbre de hacer mofa de la desgracia ajena, en diversidad de situaciones generalmente penosas para quienes las viven. No dimensionamos que eso afecta la autoestima, porque además somos toscos.  Chabacanas.

Además, nos hacemos los chanchos, (los desentendidos), cuando algo no nos conviene.

Tapudos y fachentos.  A veces resulta divertido ver y oír a gente jactándose de tener propiedades, o de haber hecho alguna proeza heroica (lo cuentan con lujo de detalles pero llenos de contradicciones, eso es lo que lo hace divertido), presumir de habilidades  y destrezas o de haber estado en lugares donde quizá jamás han puesto un pie.

Pablo Antonio Cuadra dice al respecto que “El nicaragüenses es un tipo imaginativo, fantasioso, que con mucha frecuencia llega a la extravagancia barroca o a la fanfarronería”.

A esto Emilio Álvarez le llama “fabulación” y la describe como “un recurso habilidoso para encubrir una intención que no se quiere mostrar o para referir un evento que nunca sucedió como parte de una trama de sorprender a alguien”.

Guatuseros (en buen nica), lo que en lenguaje culto sería aduladores o zalameros. Característica que se relaciona muy de cerca con las anteriores.  Al respecto tomo nuevamente una cita de Álvarez quien afirma que empleamos el halago o las zalemas, lo que conocemos como guatusa, para prometer empleos, exagerar cualidades, prometer lealtad incondicional, pagos que nunca llegan, mientras, con la mano dentro del bolsillo del pantalón, a puño cerrado, acomodamos el dedo pulgar presionándolo entre los dedos índice y del corazón.  ¡Ve qué belleza!, decía mi abuelita.

 Malapagas.  Mucha gente acostumbra pedir dinero prestado, (porque hay que reconocer también que si podemos ayudar a un amigo a  salir de un clavo, estamos prestos para hacerlo), pero luego cuesta que nos paguen, y lo peor es que nuestros deudores terminan convirtiéndose en nuestros enemigos, yo me gané un par de esa manera.

Sabelotodo. Nunca nos quedamos callados cuando de opinar sobre cualquier cosa se trata, aunque el tema en cuestión sea física cuántica y no tengamos noción de cómo se come eso. Todos tenemos amigos así.  Pablo Antonio Cuadra advierte al respecto que el nicaragüense nunca se queda con una pregunta sin contestar, si no sabe la respuesta la inventa.

Confianzudos. Conocemos a alguien y ya queremos tratarlo como un viejo conocido. Álvarez advierte que este rasgo de carácter del nicaragüense, procede del mestizaje forjado en la colonia, y lo describe como “una expresión de complejo social”, a lo que agrega que el trato confianzudo se usa como “una manera de acortar artificialmente la distancia interpersonal tratando al interlocutor recientemente conocido, como si tuviésemos con él una antigua amistad” el autor citado advierte que ese «igualamiento» más bien le produce desconfianza a algunas personas.

Y otra característica del nica es que en el plano individual suele proyectarse positivamente, hablamos del “yo” de muy buena manera, destacando la inteligencia como una de las características primordiales, pero cuando se trata de hablar del nica, colectivamente, se descalifica, “los nicas somos tontos por tal cosa”.

Cuadra lo ilustra muy claramente de la siguiente manera: en el criterio del nicaragüense, el “yo”, es inteligente. El “nosotros” estúpido. El nica en singular, es fanfarrón, en plural autocritico. Cuadra destaca que generalmente el nicaragüense se proclama colectivamente como estúpido  porque se deja montar a x o y gobernante.

Muchas de estas características son herencias del sincretismo dado por el choque cultural que significó la colonia, igual que el patriarcado.

Pero también estos rasgos culturales se pueden ir desarraigando en las nuevas generaciones con una mejor educación en valores.  Es importante hacer conciencia, de que si bien son rasgos que nos caracterizan, se puede ir trabajando en la ruptura de esos paradigmas para ser una mejor sociedad.  Y eso se logra si lo hacemos con los más pequeños. Enseñarles que la basura no debe tirarse en cualquier parte. Que la puntualidad es un valor importante, que no debemos prestarnos al chisme. No olvidemos que la identidad individual y colectiva se construye y es maleable. Seamos mejores nicas.

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La loma de Tiscapa: memoria entre concreto y asfalto

Foto ensayo


Tiscapa museoLa Loma de Tiscapa es un sitio  con historia.  Ubicada en  el centro  de Managua, definida por un accidente geográfico y privilegiada paisajísticamente  por una laguna de origen volcánico, “la loma”, es en sí misma un archivo histórico con mucha memoria que descifrar.

 La posición geográfica de este sitio, ha seducido a caudillos y dictadores a lo largo de la historia comprendida desde finales del Siglo XIX hasta la actualidad, lo que la ha convertido en escenario de las más extremas pasiones humanas exacerbadas por el poder.

La loma, guarda en sus entrañas secretos similares a los que la laguna ahogó en sus aguas.

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Al pie de la loma, por donde se accede a ella, está erguido el monumento a Franklin Delano Roosevelt, conformado por dos imponentes columnas estilizadas (hay quienes dicen que son alas de águila abstractas  que simbolizan la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial).   Si bien está obra escultórica está ahí desde 1945, no tiene mucha relación con las historias que en espacios recónditos, inaccesibles y oscuros, de las propias entrañas de la loma, se ocultan bajo las capas de asfalto  y concreto.

El sitio tiene elementos que nos obligan hacernos una serie de interrogantes que  la historia responde a medias o simplemente no responde.

La loma de Tiscapa  es un collage, una historia remendada,  con una sensación de tranquilidad inquietante, que se percibe cuando se pisa el asfalto que la cubre y se recuerda todo lo que de su pasado reciente se oye decir,  es un sitio en el que conviven  los vestigios del terror por los vejámenes, torturas y asesinatos de la dictadura somocista, el encarcelamiento de presos políticos durante el régimen sandinista de los años 80 y el relativamente apacible ambiente que se proyecta al ser  visitado, siempre que el visitante llegue por mera distracción y no lleve  inquietudes que plantearle a este lugar lleno de archivos, un sitio tatuado por doquier por la memoria del pasado.

La loma de Tiscapa es hoy por hoy un sitio encerrado en una paradoja. Los últimos gobernantes lo han convertido en una suerte de convergencia entre sitio turístico, parque histórico y cárcel. Así pues se puede llegar a este sitio como un simple turista, un visitante habido de conocer su historia,  o como prisionero.  Hay espacio para las tres modalidades. Aquí surge una de las más inquietantes preguntas, ¿por qué insistir en que parte de este sitio histórico conserve su condición de cárcel, desoyendo voces de familiares de los reos, de organizaciones de Derechos Humanos y de buena parte de la población?

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Cuando se recorre la loma, esta va contando parte de su historia, pero con una narrativa a veces tímida y a veces tajante, también advierte al visitante sobre espacios prohibidos.

Sobre la piel de concreto y asfalto que cubre la loma,  se adhieren con sorna, como parásitos,  diferentes recuerdos del pasado, definidos por hechos que muchas veces son reeditados. Reviven.

La muerte también ronda aun, pues de vez en cuando se lanza decidida arrebatar una de las desventuradas vidas  que ahí son hacinadas para los interrogatorios policiales, uno de los  últimos casos se dio a inicios del mes de mayo de 2015. El diario La Prensa de Managua tituló entonces: “Detenido aparece ahorcado en celda”  La polémica que generó el hecho no se hizo esperar y la versión oficial fue contradictoria.

Son las mismas celdas que utilizaba Somoza para acallar la voces subversivas.

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La narrativa que expone esta protuberancia que se hincha al sureste de Managua, está impregnada sin duda de mensajes contradictorios que sugieren que la historia de Nicaragua seguirá siendo cíclica. Hay una simbología icónica llena de elementos intertextuales, exógenos, que le pretenden imprimir al sitio un carácter de cita con la historia y a la vez de aventura.
Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo. No deja de ser un espacio público y prohibido, con fronteras definidas. Una confluencia de cielo e infierno. Ahí están, en sus calabozos los alaridos sepultados, ahí están en la laguna muchas voces ahogadas. ¿Cuántas más almas se habrá tragado la laguna? Surcas sus cielos en un cable no libera, solo es una sensación esporádica.
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Sandino el omnipresente. Desde distintos puntos de Managua se puede ver la silueta de 18 metros de alto que corona la cúspide de la loma, Sandino también es el protagonista central en la mayoría de las fotografías que se exponen en un sitio destinado para contar algunos episodios de la historia. La narrativa del sitio es bastante clara.

 

La verdadera luz nunca se apaga

Una tarde Luisa Amanda se sentó en una banca junto a una monja que tejía un enorme mantel. La religiosa le permitió tocar el tejido que se extendía sobre sus piernas y parte de la banca en la que ambas estaban sentadas.   Lo Palpó, sintió la textura de los hilos que entrelazados le iban dando forma al lienzo, las yemas de sus dedos fueron recorriendo aquella consecución de hebras que  definían el hermoso mantel.      

Luisa Amanda sintió fascinación por el trabajo de la monja. Llena del entusiasmo propio de una niña de 10 años, dejó escapar de su boca la frase: “¡enséñeme a hacerlo, yo quiero aprender!”. Tras su alocución vino una respuesta inesperada que heló su cuerpo y la inundó de tristeza: “vos nunca podrás aprender hacer esto.”  17 años después, Luisa Amanda Aguirre recuerda aquellas palabras de la monja como si ese episodio de su vida fue ayer.

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Luisa Amanda trabaja en la panedería de sus padres adoptivos, pero también hace bisutería, oficios en los que se ha vuelto experta.

Luisa Amanda perdió la vista cuando apenas tenía 9 años debido a una condición congénita.  La pérdida de su visión fue progresiva durante sus primeros años de vida hasta quedar totalmente ciega cuando se acercaba a su pre adolescencia.
Sus padres adoptivos en la búsqueda de una educación adecuada a su condición, la llevaron con las monjas a un convento en la ciudad de Granada.  Luego de un tiempo ahí, fue trasladada a Managua, se alojó por un año donde unos familiares y empezó a ir al Centro de Educación Especial Melania Morales, ahí tuvo sus primeros conocimientos del sistema de escritura Braille, posteriormente fue atendida por el Ministerio de la Familia, instancia que hizo las coordinaciones para que fuera internada en el Hogar de Protección Pajarito Azul, llegó ahí a los 11 años y ahí pasó los siguientes 13 años de su vida.

Asumiendo el reto

Las palabras de la monja, que Amanda en medio de su inocencia no logró asimilar en el momento que penetraron sus oídos,  tiempo después se convirtieron en su fortaleza y fueron asumidas como un reto. Ella se propuso demostrarle a la gente que si quería, podía.

En Pajarito Azul aprendió a tejer, y según Ana Lorena Medrano, subdirectora de este hogar de protección, lo hace muy bien “vieras que bonito que teje Amanda” dice con orgullo. Pero Amanda no solo aprendió, sino que además enseñó a otros jóvenes con discapacidad,  “yo fui nombrada monitora de los muchachos porque ya tenía un poco más de conocimientos de lo que era el tejido” refiere Amanda y agrega que elaboraban, entre otros productos, cojines, gorros y bolsos.

Así inició Amanda su recorrido por la vida en la búsqueda del conocimiento.  Se convenció que su condición de no vidente no sería impedimento para ir  a la escuela. Y fue esa convicción, lo que en medio de las dificultades, la hizo alcanzar las metas que hasta ahora ha logrado y es también esa misma convicción la que la tiene pisándole los talones a las metas que le falta alcanzar.

Repensando la vida

“Tenía 9 años cuando perdí la vista, ya estaba en segundo grado de primaria, ya tenía el conocimientos de leer y escribir” recuerda Amanda.  “En ese momento sentí que el mundo se había cerrado por completo para mí” dice mientras sus dedos entrelazados se mueven inquietos posados alrededor de un palo de escoba que hace las veces de bastón.

“Ya no podría ver más las letras. Ver todo lo que estaba a mi alrededor y ahora no verlo me entristeció mucho en ese momento” dice Amanda.  Sin embargo agradece a Dios que siempre tuvo el apoyo incondicional de sus padres.

El perder la vista a tan temprana edad, significó para Luisa Amanda replantearse su existencia. Implicaba que todo, absolutamente todo cambiaba para ella.  Sin embargo ella no perdió la motivación de aprender y decidió que la ausencia de la vista no sería obstáculo para alcanzar su sueño.  Sus padres estuvieron de acuerdo y la apoyaron incondicionalmente, el recurso económico nunca fue suficiente, pero el amor, el afecto y el apoyo moral, esos sí, siempre fueron abundantes.

A empezar de nuevo

Amanda se acomodó en lo que sería su nueva morada, el Hogar de Protección Pajarito Azul, desde donde asiste nuevamente a la escuela Melania Morales, esta vez para que curse la primaria formalmente,  “ahí tuve que comenzar de nuevo  mi primaria otra vez desde primer grado” narra,  recuerda que entonces en esta escuela especial  solo enseñaban hasta cuarto grado, “pero los que estábamos estudiando   le insistimos  a los maestros que nos dieran la oportunidad de que hubiera 5to y 6to para sacar la primaria todos ahí, y fue así que terminé ahí mi primaria completa” relata.

Enseñándole al maestro

Por esas paradojas de la vida, mientras Amanda cursaba el sexto de primaria tuvo que enseñarle el sistema Braille a un docente del centro que había sido asignado para apoyar el área de ciegos, “él no tenía ningún conocimiento del sistema Braille, y como yo lo había aprendido muy bien, me tocó enseñarle” afirma Amanda.

“Fue una experiencia bastante exitosa y un poco fuera de lo común, una persona ciega enseñándole Braille a un vidente, y pues gracias a Dios, el profesor aprendió bien” afirma Amanda muy complacida.  Amanda además recuerda que enseñó también a 5 jóvenes más.

La secundaria: nueva escuela, nuevos desafíos

Ingresar a una escuela para una persona no vidente es toda una hazaña. Aunque el Estado de Nicaragua a través del Ministerio de Educación está haciendo esfuerzos encaminados a la inclusión escolar de niños y niñas con discapacidad, los resultados son aun incipientes, hace falta mucho camino por recorrer en materia de inclusión, en buena medida por lo lento que marchan estas iniciativas y por la falta de la inversión necesaria.

Los maestros, por más voluntad que tengan, no están  preparados para enfrentar el reto de transmitir el conocimiento a niños y niñas con discapacidad.  No poseen las herramientas técnicas, pedagógicas ni metodológicas, La mayoría de centros escolares no cuentan con las condiciones básicas necesarias de infraestructura,  por lo que las buenas intenciones se ven limitadas.  Amanda está convencida que cuando la discapacidad es la ceguera, las cosas son aun más complicadas. Sin embargo aun con todo ese panorama, ella también cree  que realmente “querer es poder”.

¡Aquí estamos!          

“Pero no fue nada fácil” afirma Amanda.  Cuando ella ingresó a la secundaria, no solo los que serían sus nuevos maestros y compañeros de clases le dieron la bienvenida, las dificultades también lo hicieron, se presentaron de inmediato, le hicieron reverencia, la rodeaban como susurrándole con sorna que estarían ahí acompañándola. Ella lo supo desde el inicio, por eso se puso una coraza echa de una aleación de paciencia y actitud para enfrentarlas.

El Centro Educativo Maura Clarke en Ciudad Sandino,  fue el escenario donde Amanda se dispuso a terminar su educación media, fue matriculada en este centro por la cercanía al Hogar Pajarito Azul.

El inicio fue complejo, pero tanto ella como los docentes, en lugar de sucumbir a los temores y la sensación  de impotencia que les provocaba no saber cómo enfrentar los problemas, los asumieron y juntos buscaron soluciones.

“Los maestros no sabían qué hacer conmigo porque era la primera vez que ellos iban a tener a una persona ciega” recuerda Amanda, “había otros dos jóvenes con discapacidad, pero con ellos no hubo problemas porque ellos podían ver” agrega.

“Mi caso les planteaba un mayor reto, empezaron a preocuparse  por cómo iban a enseñarme, cómo iba a desplazarme en el centro, como iba a copiar, como iba hacer los exámenes” cuenta Amanda.  Pero con el ingenio, la perseverancia y mucha disposición se fueron venciendo las dificultades.

“Dígame donde está cada tecla y vamos de viaje”

Recuerda que en el primer año tenía que aprender mecanografía, el primer día de clase la profesora estaba desconcertada, no sabía qué hacer, Amanda rememora la primera conversación  con ella: “la maestra se sienta frente a mí y me dice, Amanda dígame como le explico, ayúdeme usted, yo le respondí, usted solo dígame donde está cada tecla y vamos de viaje, nos vamos a llevar muy bien”.  Ese breve dialogo fue suficiente para tranquilizar a la angustiada maestra, a partir de ese momento las cosas marcharon bien, “así fui aprendiendo con ella, paso a paso” aduce Amanda.

Un día la maestra vio que Amanda tenía un libro en Braille, y le orientó como asignación que lo tradujera en la máquina de escribir.  “Cuando entregué esa tarea todos los muchachos estaban sorprendidos, se preguntaban como hacía yo para no equivocarme y ella misma me puso como ejemplo porque mis compañeros,  que miraban muy bien, tenían un montón de manchas de correctores en sus escritos”. Con el tiempo Amanda se convirtió en la maestra de apoyo de mecanografía para estudiantes de quinto y sexto grado.

Letras, números y Braille

Las matemáticas también traían para Amanda problemas adicionales a los que plantean los libros. El no poder comprender la explicación que el profesor hacia en la pizarra la frustraba. “Tuve bastantes dificultades porque el maestro explicaba en la pizarra para todos los estudiantes, pero para una persona ciega como yo, es bastante difícil comprender algo que no ve”.

Pero Amanda hizo propia una premisa que la misma ciencia de los números establece: para cada problema hay una y hasta más soluciones. Bajo esa lógica Amanda siempre encontró alternativas para superar los nuevos obstáculos.

Amanda refiere que el primer año el profesor de Matemáticas le pidió que le mostrara lo que aprendió en sexto grado “necesito que me lo muestre” le habría dicho el docente. Amanda procedió, usando una regla como guía, para ir escribiendo de manera lineal y sin que los números se montaran unos sobre otros  empezó a mostrarle al profesor lo que aprendió en la primaria, “así fui haciendo los primeros trabajos que él me dejaba y sacando mis notas, luego tuve ayuda de  otras personas”.

Amanda cuenta que en lo sucesivo los compañeros le dictaban las operaciones matemáticas a resolver, le leían los textos, ella los pasaba a braille, y luego los estudiaba. Para facilitar el proceso de aprendizaje el profesor le hacia las evaluaciones orales.

“En segundo año tuve otro pegón” dice Amanda, “el profesor que me dio matemáticas en primero ya no sería el mismo y la enseñanza venía más pesada, era un libro más grande de algebra” explica.  “El maestro se me arrimaba y me decía, -¿cómo haremos con usted?-, ¡no me siento capacitado para esto!”.  La actitud de Amanda fue la misma que ya había tomado con otros maestros: “No se preocupe profe, hay va ver que no es difícil, la cosa es tener paciencia”.   “Y para no hacer el cuento más largo así saqué matemáticas y física” concluye Amanda.

¡Bendita tecnología!

Clases de computación.  Un nuevo problema, ni el aula tecnológica, ni el profesor a cargo, estaban preparados para recibir a Amanda.  El docente desconocía el programa informático JAWS (Job Access With Speech), un software diseñado para ciegos que convierte el contenido de la pantalla en sonido, de manera que el usuario puede acceder sin necesidad de verlo), Amanda sabia que en la Organización de Ciegos Maricela Toledo, lo usaban, se puso en contacto con la organización y se lo facilitaron.

“Conseguí el programa y se lo di al profesor, ya con eso él se sintió con más valor para enseñarme computación”, Amanda refiere que la orientación en el aula de computación era que todos  debían trabajar en silencio, cada uno en su computadora con un folleto que se les entregaba como guía de trabajo, “pero el lector de mi computadora iba diciendo cada cosa que yo iba haciendo y eso metía ruido a la clase, entonces para resolverlo, me conseguí una audífonos y listo.”

Amanda ha hecho parte de la filosofía de su vida la premisa “todo tiene solución” y en la práctica ha comprobado que siempre es así.

Honor al mérito

Aquí cabe reconocer el merito a quienes, pese a enfrentar las limitaciones mencionadas, poseen la sensibilidad y la vocación de servicio, se toman muy a pecho la misión a la que han sido llamados  y hacen de tripas corazón,  Amanda tuvo la suerte de encontrarse con docentes hechos de esa madera. Maestros y maestras verdaderamente comprometidos.  Por eso su educación fue un verdadero proceso de enseñanza aprendizaje, siempre fue un asunto de doble vía, la reciprocidad fue un valor transversal en su formación académica. Ella aprendió pero tambien enseñó.  Los maestros enseñaron, pero tambien aprendieron.

Félix Rizo: El pequeño gran campeón

felix-rizoEl balón se desplaza sobre la cancha. Va y viene, viene y va,  no para de rodar  en todas las direcciones entre las piernas  de los jugadores que se  mueven con rapidez en busca de anotar un tanto para su equipo.

 Uno de los jugadores logra el dominio del balón y avanza raudo hacia la portería del equipo contrincante, ya cerca de ahí, da con precisión un puntapié al esférico  que de inmediato vuela en dirección de la portería.  Sin embargo el balón no puede penetrar porque su trayectoria es bruscamente interrumpida con mucha habilidad por el portero, lo que es celebrado de inmediato por sus compañeros de equipo.  El portero evitó una vez más que los contrincantes anotaran un gol.

La escena descrita anteriormente no es un duelo entre dos grandes equipos, ni se desarrolla en un estadio abarrotado de fanáticos, nada por el estilo.  Es un grupo de estudiantes que aprovechan el recreo para jugar fútbol en una cancha improvisada en la Escuela Cristiana Esmirna, en el municipio de El Sauce en el Departamento de León.

El portero es Félix Rizo de 17 años, quien ataja los intentos de meter gol desde su silla de ruedas, para lo que ha adquirido una habilidad impresionante.

Félix tiene una una malformación congénita  conocida como espina bífida, que le afecta su columna vertebral lo que no le permite desplazarse de otra manera que no sea en su silla de ruedas, pues tiene paralizadas sus piernas además padece con mucha frecuencia de afectaciones al sistema digestivo y las vías urinarias. Producto de la misma condición clínica, también padece de una disfunción cardíaca.  Sin embargo nada de eso ha sido obstáculo para que Félix practique deportes. Cuando juega futbol, es el portero, cuando de béisbol se trata, él es el pitcher de su equipo. En ocasiones se convierte en espectador; pues su papá lo lleva al estadio municipal a ver los partidos de pelota.

Félix tiene lo que a muchas personas le hace falta, actitud.
Félix tiene lo que a muchas personas le hace falta, actitud.

Pero también hay otras actividades que Félix disfruta hacer, como ir de pesca al rio con su papá o salir de paseo con sus hermanos, primos y amigos.

Félix, pese a sus discapacidad y a las recaídas frecuentes que lo postran por semanas, lleva una vida social muy activa y gratificante, hasta se ha trazado su plan de vida; entre sus aspiraciones destaca que quiere ser maestro, además sueña con estudiar ingeniería en sistemas, y si por alguna razón no logra alcanzar esas metas, pues también hay “Plan B”: quiere aprender a reparar celulares y poner su tallercito para tener su propia fuente de ingresos.

El éxito está en ir a la escuela

Nada de lo que se ha mencionado sobre la actitud positiva de Félix frente a la vida, fuera posible si su mamá se hubiera aferrado a la idea que tuvo fija por algún tiempo en su cabeza, una idea impulsada por los temores que la invadían,  ella había decidido que Félix no iría a la escuela.

“Yo había decidido no mandarlo a la escuela,  no quería mandarlo porque pensaba que los otros niños lo discriminarían, se burlarían de él, y que las profesoras no lo aceptarían” cuenta doña Miriam.

Actualmente ella reconoce que aun con todos sus temores, al final tomó la decisión correcta. Ahora no duda que la escuela ha hecho de su hijo lo que hoy es.  Félix además de aprender a leer, escribir y adquirir otros conocimientos, ha desarrollado habilidades que le permiten un buen nivel de autonomía, tener una autoestima muy alta, aceptarse a sí mismo y relacionarse muy bien con sus amistades.  “El se va solo hasta la escuela todos los días” dice orgullosa su mamá.

Venciendo los temores

Doña Miriam Hernández refiere que cuando se es madre de un niño como Félix, y no se tiene la información adecuada de cómo enfrentar esta situación, aflora la incertidumbre, la impotencia y un montón de sentimientos encontrados.  “Uno se siente que no haya que hacer, como si tuviera las manos atadas. Fue muy duro al inicio” rememora.

Fue cuando se acercó a buscar ayuda al capítulo de Los Pipitos, que empezó a tener una visión diferente sobre la discapacidad de su hijo. “La vida sigue”, “se pueden lograr muchas metas”, “la discapacidad no es una barrera”, fueron entre otras, las frases que le iban dando forma a la nueva perspectiva de ver el mundo.

Las charlas, terapias, capacitaciones y otras actividades en las que se involucró con su hijo en Los Pipitos, fueron determinantes para comprender mejor la discapacidad, aprender a que su condición no era motivo para excluirlo de la vida social, conocer sus derechos, asimilar y aprender a convivir con todas las dificultades, ahí aprendieron, ella, Félix y demás miembros de la familia a convertir las debilidades en fortalezas.

“Cuando comencé a ir a Los Pipitos, él tenía  5 años, ahí me dieron animo, me dieron valor, me convencieron para que yo lo mandara a la escuela. Pero si no fuera por eso, quizás el no estaría en el nivel que hoy está” reconoce doña Miriam.

Cuestión de actitud

Si bien existen las barreras arquitectónicas que dificultan su movilización, Félix no ubica eso entre sus mayores dificultades, porque para eso existen las mañas, como él mismo le llama a las habilidades que ha adquirido para hacer que su silla de ruedas se acomode a las condiciones de los espacios por los que se mueve así tenga que hacer acrobacias. Sube aceras y hasta gradas. Y no escatima esfuerzos para hacer una demostración de sus habilidades con su silla, camina hacia atrás, se inclina, equilibra la silla en una rueda, y si la cosa está bastante complicada, pues para eso están los amigos. “Nunca hay que darse por vencido” afirma.

Un verdadero gladiador

Actualmente Félix tiene 17 años y cursa el tercer año de secundaria, hasta la fecha ha sido sometido a siete cirugías.   Ha perdido dos años por las recaídas en su salud, pero sigue adelante, su actitud positiva ante las adversidades le ha hecho ganarse el cariño y respeto de sus maestras y compañeros de clases.  “Las profesoras lo quieren, son muy cariñosas con él, cuando él se enferma ellas vienen a visitarlo y le dan ánimos, también vienen a visitarlo todos sus compañeros” cuenta doña Miriam.

“Mi mayor dificultad es cuando me enfermo” indica Félix. Y es que cuando su salud se quebranta, el sufrimiento es inmenso, la enfermedad lo obliga abandonar la escuela mientras convalece. En el 2014 tuvo una recaída severa en su salud lo que lo obligó a pasar tres meses internado en un hospital de Managua.

Es ahí cuando a Félix se le juntan el dolor emocional con el dolor físico.   “Mientras se pueda yo no faltó ni un día a clases, pero cuando me enfermo no puedo ir y eso es muy triste” dice.   Su mamá relata que cuando recae, el dolor intenso por la infección renal no lo deja dormir. “no puede estar sentado mucho tiempo, le agarra un dolor muy fuerte, no puede dormir, la ultima vez no podía hablar ni comer” narra la afligida madre, a la vez que dice que pese a eso “cuando sus amistades lo visitan y le preguntan como está, él dice que bien, nunca dice que está mal”.

La actitud de Félix desde cualquier punto de vista es por demás admirable.  Tiene la madera de todo un campeón. No se amilana, ríe constantemente, es valiente.  Se levanta de sus recaída, es un todo un Caupolicán frente a sus dolencias. Isamar su hermana, un año mayor que él lo describe así en tres palabras: “Valiente, alegre y bromista”.

Don Félix, su papá es de pocas palabras, pero describe  a su hijo como un chavalo fuerte, luchador, admirable. Ante la insistencia de las pregunta se anima a contar un par de anécdotas sobre los momentos que comparte con su hijo, los que reconoce que son muy pocos debido a que tiene que salir a trabajar para suplir las necesidades básicas en la casa.

“A él le gusta ir al rio, lo llevo cuando voy a pescar, yo voy adelante pescando con la atarraya y el va detrás de mi recogiendo los pescados” cuenta.  surge una pregunta ingenua pero obligada: ¿pero cómo hace, hay algún caminito a la orilla del rio en el que él se desplaza con su silla de ruedas? La respuesta del padre no se hace esperar: “No hombre, yo a él me lo hecho atuto desde aquí hasta el rio, después lo hecho al agua y el va nadando detrás de mí”. Félix asiente mientras ríe, esta es sin dudas una de sus actividades favoritas de recreación.

Don Félix también juega beisbol y cuenta que lo lleva al Estadio Municipal a ver los partidos. Félix interrumpe a su padre “es muy divertido, sobre todo cuando el equipo de mi papa pierde me rio mucho, porque yo siempre apuesto al equipo contrario de mi papa” relata Félix, provocando la risa de todos.

Félix además ha participado en competencias deportivas intermunicipales organizadas por Los Pipitos, viajó a Malpaisillo y Quezalguaque. En Malpaisillo ganó el segundo lugar en carrera de sillas de ruedas.

Los padres de Félix están convencidos que la escuela ha sido determinante en la vida de su hijo y están decididos, en medio de sus limitaciones económicas, a apoyarlo hasta al final.  También está comprobado que la escuela tampoco puede soportar mucho tiempo su ausencia.  Si él no llega un par de días, toda la clase, compañeros y maestras, vienen a su casa a ver porque no ha llegado.

“Tenemos que seguir luchando para poder ir adelante mientras podamos” concluye doña Miriam sin titubear, sus palabras suenan revestidas de  firmeza y optimismo. Félix, desde su silla de ruedas, con una sonrisa que transmite serenidad, dirige una mirada cómplice a su madre. Don Félix e Isamar, su padre y su hermana, no pueden ocultar el orgullo que les hace sentir el pequeño gran campeón.

Vuelta a la realidad


Considerado el evento deportivo más grande del planeta, el Mundial de Fútbol de la FIFA sin duda alteró el ritmo normal de vida de muchas personas, sirvió como válvula de escape para poner en segundo plano los problemas de la vida cotidiana.

caticatura fifa brasilCada partido del mundial tuvo efectos terapéuticos para muchos que estaban sumidos en el estrés, aunque también sin duda, tuvo repercusiones en quienes se apasionaron demasiado al punto de cruzar la delgada línea entre ser un seguidor casual y ponderado, a ser un apasionado fanático capaz de cualquier cosa por su equipo, y digo esto porque todas las condiciones estaban dadas para que se desarrollara esa mutación entre los más vulnerables a sucumbir a las pasiones.

El mundial de fútbol tuvo también efectos narcotizantes, esto producto de la parafernalia  mediática desplegada, publicidad incluida, que literalmente nos metió el futbol hasta en la sopa, lo que al final terminó convirtiendo a este evento cuatrienio, más en un fenómeno mediático que deportivo, y por tanto altamente lucrativo.

El fútbol sacudió fuertemente las emociones, yendo desde la euforia hasta la frustración. Con seguridad hubo gente a punto, literalmente, de infartarse. Era común ver  expresiones de exaltación colectiva en diversos escenarios donde se congregaban grupos frente a una pantalla.

El común de las personas se alineó y se alienó, muchos tomaron partido con equipos, y para enaltecer más el sentido de pertenencia, se compraron camisetas, banderitas, gorras, o cualquier otro artículo de los que abundaron en el mercado producto del mismo fenómeno.

El mundial de fútbol, mientras duró, se impuso cada día en la agenda mediática por sobre cualquier otro acontecimiento que se generara, por más relevante que fuera, quedaba relegado a segundo plano. Incluso efectos colaterales relevantes productos del mismo fenómeno quedaban minimizados.

Aquí es donde se explica que más que un deporte que une, como utópicamente suele pensarse, el mundial de futbol es un fenómeno mediático dominado por grupos de poder, por medio del cual unos cuantos con mucho poder económico anonadan a multitudes.

El comediante norteamericano John Oliver, en referencia a la organización del mundial y a la FIFA al frente de la misma, en su programa de parodia Last week tonight, dijo que a veces, paro no decepcionarnos y que las cosas no pierdan el encanto, es mejor no saber todo lo que hay detrás de algo que tanto nos gusta, e ilustró su argumento con lo que llamó el principio de la salchicha (en alusión a los que aman las salchichas), cuya lógica, en un sentido muy humorista pero real sustentó en la siguiente frase: “si amas algo nunca averigües como lo hacen”.

Y no es para menos. A continuación algunos datos que por lo general pasan desapercibidos ante la mayoría de las personas.  A inicios de junio, Niclas Ericson, director de la división  de televisión de la FIFA, en una entrevista concedida a la agencia Reuters, afirmó que este mundial marcaría un record de audiencia televisiva gracias a la inclusión de nuevas tecnologías.  Destacó que por primera vez en la historia de los mundiales la FIFA tiene un contrato en vigor con cada país.

Aunque no hizo estimaciones en términos numéricos, no es difícil imaginar las dimensiones de sus predicciones, tomando en cuenta que un estudio de la misma FIFA tras la finalización del mundial del 2010 en Sudáfrica, reveló que más de 3,200 millones de personas, casi el 47 por ciento de la población mundial,  miraron en directo la cobertura durante un mínimo de un minuto. Lo más seguro es que estas cifras hayan sido superadas significativamente durante esta copa.

Imaginemos ahora las exorbitantes ganancias de la FIFA solo por los derechos de trasmisión en todo el mundo, tomando en cuenta que hasta a Haití, el país más pobre del continente, la FIFA cobró 4 millones de dólares por las trasmisiones, actitud que Maradona calificó de paradójica en una crítica hecha a la organización dueña del mundial en su espacio televisivo en la cadena Telesur.

Ahora bien,  según el diario ABC de España, sólo en impuestos que no pagó al Estado de Brasil, la FIFA se ahorró 332 millones de euros. Imaginemos también los millones generados solo en entradas a los estadios.

Según expertos en analizar estos fenómenos masivos, citados por diferentes cadenas internacionales, el recién concluido mundial, fue el más lucrativo de la historia de las copas.  Pero el lucro también beneficio a terceros, uno de los últimos ejemplos:  muchos argentinos que llegaron a Brasil en víspera de la final, ofrecían hasta 10 mil dólares por una entrada.

No hay duda que el fútbol ha evolucionado hasta convertirse en la práctica deportiva más popular del mundo, se juega en todos los rincones del planeta, y esto se debe a que es un deporte para cuya práctica solo se requiere de una pelota, dicho sea de paso, considerada por muchos el mejor juguete del mundo.    Ahí quizá está parte del secreto del éxito del fútbol un deporte que facilita la manipulación de las masas hasta en los rincones con mayor pauperismo en el mundo, la fiebre contagia hasta a los más pequeños, en cada callejón, barrio, asentamiento, se puede ver a grupos de niños descalzos pateando una pelota.

No es por casualidad que nos alienamos, es en respuesta a toda una lógica de mercado bien estructurada, respondemos a efectos, a estímulos, donde la FIFA, las grandes marcas y los medios de comunicación solo deben preocuparse por el dinero, lo demás lo hacen los jugadores en la cancha y las multitudes como espectadores frente a las pantallas, y aunque suene fuerte, esto no es más que manipulación.

Pero sea como sea, no deja de tener su lado positivo, y aunque esto tenga un costo, con seguridad este evento logró deleitar, como en la mayoría de países alrededor del mundo, a millones de nicaragüense, que aunque no tenemos participación entre los competidores, tomamos partido y disfrutamos del mundial.

Ahora nos queda volver a la realidad, porque el fútbol no es nuestra realidad,  no tuvimos equipo que nos representara como país, simplemente nos alineamos a lo predominante, no por convicción, mucho menos por pasión, simplemente porque respondemos al efecto que provoca un fenómeno tan mediatizado sobre las masas, de la misma manera que respondemos a la publicidad, a las modas, a las necesidades inventadas para crecer como consumidores.

Si bien lo disfrutamos, también es bueno reflexionar sobre todo lo que hay detrás de este fenómeno de repercusión global.  Y… ¡bravo por Alemania!

Avioncitos de papel

avionpapel

Era momento de jugar un rato con mi hijo Samuel de 5 años.  Decidimos salir a la acera. Tomó 5 de sus juguetes: una locomotora de colores un tanto destartalada, una pequeña carretilla de plástico, un camioncito con contenedor, un carrito de madera de los que fabrican los artesanos de Masaya y una tortuga con ruedas; esta última no muy atractiva; cabezona y con una expresión de atontada. Con todos los juguetes encima y con mucho entusiasmo me dijo: ¡vamos pues!. ¿Y para que llevás tantos juguetes? Le pregunté. A lo que respondió: Es que cuando yo salgo a jugar a la acera, vienen mis amigos de las otras casas a jugar conmigo.

Y así fue.  A los pocos minutos apareció Ernesto, el niño de al lado. Después se unió Snyder, el otro vecinito cercano.  No pasaron cinco minutos y llegó uno de los gemelos que viven como a la media cuadra.  En la medida que sus amiguitos llegaban él iba asignando un juguete a cada uno, el optó por el camioncito de madera de Masaya.  Al final solo quedó la tortuga con ruedas.

Cuando llegó el segundo gemelo, Samuel le dio la tortuga y él la rechazó: ¡nooo, yo quiero el camión que tiene Ernesto, esa tortuga no me gusta!.   Tenés que jugar con la tortuga porque llegaste ultimo, esas son las reglas del juego, porque todo juego tiene reglas, le dijo, y para reafirmar su argumento se dirigió a mí preguntando: ¿Verdad que así es papa?  Respondí positivamente, pues el asunto tenía mucha lógica.

Pero el último niño insistió que quería el camión de Ernesto.  A lo que Samuel respondió de una manera que fue una sorpresa para Ernesto:   ¡Prestale tu camión  Ernesto!  La reacción de enojo de Ernesto fue inmediata: No se vale, yo vine primero, a  mí me lo prestaste primero y  quiero seguir jugando con el camión.  A mí no me gusta esa tortuga!, replicó.  El gemelo empezó a halar el camión queriéndoselo quitar mientras le decía: Dámelo, Samuel es el dueño y él dice que me lo des!  Ernesto se aferraba al camión. Viendo la escena me dije: ¡ya se armó la de San Quintín!  Antes de intervenir, decidí observar pasivo un poco más.

Samuel insistió: Dáselo Ernesto, te voy a prestar otra cosa! Y entró a la casa corriendo.  Ernesto no parecía dispuesto a renunciar al camión.  Samuel regresó en medio minuto con su avión, un Airbus blanco de unos 35 centímetros de largo, un avión que tenía luces, sonidos y tren de aterrizaje.  Al ver Ernesto el avión, inmediatamente cedió el camión al gemelo, quien a la vez dijo a Ernesto: ¡Quedate con el camión yo juego con el avión! Ahí si intervine como mediador y el avión le quedó a Ernesto.

Pero ahora surgía otro problema, todos querían el avión.  Samuel dijo: no tengo más aviones. Y otro de los niños propuso: jugamos un ratito cada uno con ese mismo, después de Ernesto voy yo, y después este, después este otro, decía señalando a cada uno de los miembros del grupo.  Samuel no muy convencido con la idea, frunciendo el ceño, rascándose la cabeza y haciendo otros gestos cómicos que solo él sabe hacer, dirige su mirada hacia mí, como preguntando:  Y ahora ¿qué hacemos?,  pero de inmediato reacciona y dice: ¡Ya tengo la solución!. Espérenme aquí, ya vengo!  y corrió de nuevo hacia dentro de la casa.  ¿Qué irá traer me pregunté?. Pensé en otro juguete. Pero no fue así.  Regresó con varias hojas de papel blanco y se dirigió a mí: ¡Papa, hacé avioncitos para todos! -Ok -respondí, ya los hago, a la vez que pensé “esto no va a funcionar”.

Una vez hechos los avioncitos de papel, los repartió entre sus amigos y los hizo pararse a todos en fila uno al lado de otro, y anunció con su característico entusiasmo: !Vamos hacer competencias de aviones de papel, el avión que vuele más largo gana!. Levanten su brazo y yo cuento hasta tres y lo tiran. Todos se sincronizaron.

A la cuenta de tres los avioncitos volaron. Todos de manera distinta, unos más largo que otros, uno quedó entre las ramas de uno de los árboles de laurel de la india que está en la acera.  Otro, haciendo círculos en el aire regresó como boomerang a los pies de quien lo lanzó.  Estallaron las carcajadas, reclamos alegres con frases como; ¡ganó el mío…!,   ¡No el mío llegó más largo!… Se reían del que quedó enganchado en el árbol. Se armó una algarabía.  Los aviones de papel se convirtieron, en cuestión de minutos, en el juguete preferido.  Todos se olvidaron del Airbus 380 con luces y sonidos y de los demás juguetes. La tortuga cabezona yacía en la acera junto a los otros juguetes.  Parecía observar resignada el juego de los niños.

El juego con los avioncitos de papel se extendió por largo rato más… ¡Hasta que nos aburrimos!

La parca y su afición por las motos

parca en motoFernando se puso su chaqueta de jeans, tomó su casco y lo metió en su brazo izquierdo hasta la altura del codo, no lo puso en su cabeza como debía, porque acababa de fijar su cabello con gel y no quería dañar su peinado.  Subió a su motocicleta, encendió el motor y se puso en marcha.

Era una mañana más, de lo que parecía un día normal. Lo que Fernando no supo es que cuando él subió a su moto, la parca, sin su consentimiento, pero muy complacida,  también subió detrás de él y se aferró a su cintura.  Sonriente y soñolienta, apoyó su cabeza en el hombro de Fernando, restregando su huesuda cara sobre el omóplato derecho de Fernando, de la misma forma que un gato acaricia los pies de su amo.

Antes de subir a la moto de Fernando, la parca había bajado de otras tantas que circulaban por los diferentes puntos cardinales. Lo ha hecho así durante los últimos años, y lo sigue haciendo, cada vez con más frecuencia.

En el camino, mientras Fernando aceleraba, la parca le acariciaba la cabeza y la espalda, como excitada por el deseo de hacerlo suyo. Fernando siempre creyó que era el viento quien le acariciaba.

Recorrió así unos quince kilómetros sobre la carretera panamericana sur, rumbo a El Crucero.  Al llegar a un determinado punto antes de entrar en las curvas, Fernando divisó a unos 400 metros una patrulla de la Policía de Tránsito, por lo que como pudo, antes de ser visto por los oficiales que ahí se encontraban, desaceleró un poco y quitó el casco de su brazo y lo puso tan rápido como  pudo en su cabeza, para evitar una multa, pues con la nueva Ley de Tránsito y con lo mal que anda la situación económica, no podía exponerse a una multa que resultaría exorbitante para sus escuálidos bolsillos. Tampoco estaba dispuesto a dar una mordida más, como generalmente solía librarse de las multas.

Sin embargo la parca enfureció y tomó como un insulto la actitud de Fernando de ponerse el casco en la cabeza, yendo ella ahí con él, se sintió humillada. Entonces, molesta, decidió bajar de la moto en marcha y de un salto, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba en el asiento de copiloto de un vehículo sedán azul que circulaba en sentido contrario, en una curva cinco kilómetros adelante, cuyo conductor conducía de forma temeraria sin usar su cinturón de seguridad. Ahí la parca se sintió a gusto y olvidó por un instante su viaje en moto con Fernando.

Fernando logró pasar el reten policial sin ningún problema. Pero unos minutos más adelante, un sedan azul, de forma repentina invadió su carril y gracias a sus buenos reflejos, logró esquivar por pocos centímetros el impacto de frente con el vehículo, pero la acción lo sacó de la carretera, haciéndolo perder el control del vehículo biciclo y estrellándose contra un muro golpeando su cabeza, sin embargo el casco lo protegió de un traumatismo craneoencefálico severo, como suelen decir a diario los periodistas de los noticieros de nota roja, repitiendo el diagnostico más común que sale de la boca de los paramédicos de los bomberos y la Cruz Roja cuando llegan al lugar de los desechos.

Pero volviendo, al punto en el que estábamos, el sedan azul, que no logró envestir a Fernando, se fue a estrellar contra un camión que venía de frente.  El conductor quedó ahí, prensado entre la chatarra retorcida, la parca, sin embargo bajó del carro sin ninguna dificultad, y con un aire de satisfacción, desde esa oquedad oscura y profunda que se suponían eran sus ojos, parecía observar lo que quedó del sedan y, con un crujir seco y lento de sus vertebras cervicales dirigió la mirada unos metros adelante, donde estaba Fernando, aun aturdido pero sin nada de gravedad, más que algunas escoriaciones y quemaduras leves por fricción en sus brazos.

Luego de eso, la parca  se esfumó en busca de otro motorizado en alguna carretera del cualquiera de los puntos cardinales.

Fernando creyó, por un instante haber visto algo con forma humana que llevaba una vestimenta negra y raída, lo vio esfumarse ante sus ojos, tornándose trasparente hasta desaparecer en milésimas de segundos, lo mismo que duró una sensación de frío que recorrió su cuerpo.  Por un momento se desconcertó, pero luego  decidió no prestarle atención a aquella alucinación, pues la atribuyó a su golpe en la cabeza.

Fernando nunca supo que la parca viajó con él desde su casa hasta donde estaba el reten policial, irónicamente agradeció precisamente al hecho de haber encontrado en el camino a los oficiales de tránsito, agradeció al miedo a una de esas multas que impone como penalidad,  la nueva Ley de Transito, pues fueron los factores que lo obligaron a ponerse el casco minutos antes del accidente.

No hizo esfuerzos por analizar más allá la situación, ni llegar a la conclusión de la importancia de llevar el casco en la cabeza y no en uno de sus brazos. Por lo que es probable que nuevamente lo haga, y eso lo sabe la parca, quien seguro volverá a intentar acompañarlo un día  hasta su último destino, un día que vuelva a poner el casco en su brazo para no despeinarse y la carretera no haya ninguna patrulla policial.

La parca y la TV

La parca ese día logró varias hazañas más, y en algún momento de la noche se tomó un breve descanso durante el cual se sentó, tomó el control del televisor y sintonizó las ediciones estelares de Acción 10 y crónica TN8, donde precisamente los reporteros y reporteras daban cuenta con lujo de detalles de sus hazañas y del aumento de su incidencia acompañando a motorizados y conductores en las calles de Nicaragua. En la pantalla aparecían imágenes llenas de primerísimos planos y zoom in, que hasta a la misma parca le parecían fuera de tono, pero aun así le complacía verlas.

Aunque ninguno de los demás espectadores, simples mortales que miraban la televisión “desde la comodidad de su casa”, como dicen las presentadoras; la podía ver, ella siempre se miraba en la tele, ahí estaba, posando para las cámaras al lado de las motos tiradas y hechas pedazos en el pavimento, al lado de los carros convertidos en chatarras, y todo lo demás que las cámaras captaban. Le encanta verse en la tele y le gusta como hacen las noticias esos reporteros.