Avioncitos de papel

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Era momento de jugar un rato con mi hijo Samuel de 5 años.  Decidimos salir a la acera. Tomó 5 de sus juguetes: una locomotora de colores un tanto destartalada, una pequeña carretilla de plástico, un camioncito con contenedor, un carrito de madera de los que fabrican los artesanos de Masaya y una tortuga con ruedas; esta última no muy atractiva; cabezona y con una expresión de atontada. Con todos los juguetes encima y con mucho entusiasmo me dijo: ¡vamos pues!. ¿Y para que llevás tantos juguetes? Le pregunté. A lo que respondió: Es que cuando yo salgo a jugar a la acera, vienen mis amigos de las otras casas a jugar conmigo.

Y así fue.  A los pocos minutos apareció Ernesto, el niño de al lado. Después se unió Snyder, el otro vecinito cercano.  No pasaron cinco minutos y llegó uno de los gemelos que viven como a la media cuadra.  En la medida que sus amiguitos llegaban él iba asignando un juguete a cada uno, el optó por el camioncito de madera de Masaya.  Al final solo quedó la tortuga con ruedas.

Cuando llegó el segundo gemelo, Samuel le dio la tortuga y él la rechazó: ¡nooo, yo quiero el camión que tiene Ernesto, esa tortuga no me gusta!.   Tenés que jugar con la tortuga porque llegaste ultimo, esas son las reglas del juego, porque todo juego tiene reglas, le dijo, y para reafirmar su argumento se dirigió a mí preguntando: ¿Verdad que así es papa?  Respondí positivamente, pues el asunto tenía mucha lógica.

Pero el último niño insistió que quería el camión de Ernesto.  A lo que Samuel respondió de una manera que fue una sorpresa para Ernesto:   ¡Prestale tu camión  Ernesto!  La reacción de enojo de Ernesto fue inmediata: No se vale, yo vine primero, a  mí me lo prestaste primero y  quiero seguir jugando con el camión.  A mí no me gusta esa tortuga!, replicó.  El gemelo empezó a halar el camión queriéndoselo quitar mientras le decía: Dámelo, Samuel es el dueño y él dice que me lo des!  Ernesto se aferraba al camión. Viendo la escena me dije: ¡ya se armó la de San Quintín!  Antes de intervenir, decidí observar pasivo un poco más.

Samuel insistió: Dáselo Ernesto, te voy a prestar otra cosa! Y entró a la casa corriendo.  Ernesto no parecía dispuesto a renunciar al camión.  Samuel regresó en medio minuto con su avión, un Airbus blanco de unos 35 centímetros de largo, un avión que tenía luces, sonidos y tren de aterrizaje.  Al ver Ernesto el avión, inmediatamente cedió el camión al gemelo, quien a la vez dijo a Ernesto: ¡Quedate con el camión yo juego con el avión! Ahí si intervine como mediador y el avión le quedó a Ernesto.

Pero ahora surgía otro problema, todos querían el avión.  Samuel dijo: no tengo más aviones. Y otro de los niños propuso: jugamos un ratito cada uno con ese mismo, después de Ernesto voy yo, y después este, después este otro, decía señalando a cada uno de los miembros del grupo.  Samuel no muy convencido con la idea, frunciendo el ceño, rascándose la cabeza y haciendo otros gestos cómicos que solo él sabe hacer, dirige su mirada hacia mí, como preguntando:  Y ahora ¿qué hacemos?,  pero de inmediato reacciona y dice: ¡Ya tengo la solución!. Espérenme aquí, ya vengo!  y corrió de nuevo hacia dentro de la casa.  ¿Qué irá traer me pregunté?. Pensé en otro juguete. Pero no fue así.  Regresó con varias hojas de papel blanco y se dirigió a mí: ¡Papa, hacé avioncitos para todos! -Ok -respondí, ya los hago, a la vez que pensé “esto no va a funcionar”.

Una vez hechos los avioncitos de papel, los repartió entre sus amigos y los hizo pararse a todos en fila uno al lado de otro, y anunció con su característico entusiasmo: !Vamos hacer competencias de aviones de papel, el avión que vuele más largo gana!. Levanten su brazo y yo cuento hasta tres y lo tiran. Todos se sincronizaron.

A la cuenta de tres los avioncitos volaron. Todos de manera distinta, unos más largo que otros, uno quedó entre las ramas de uno de los árboles de laurel de la india que está en la acera.  Otro, haciendo círculos en el aire regresó como boomerang a los pies de quien lo lanzó.  Estallaron las carcajadas, reclamos alegres con frases como; ¡ganó el mío…!,   ¡No el mío llegó más largo!… Se reían del que quedó enganchado en el árbol. Se armó una algarabía.  Los aviones de papel se convirtieron, en cuestión de minutos, en el juguete preferido.  Todos se olvidaron del Airbus 380 con luces y sonidos y de los demás juguetes. La tortuga cabezona yacía en la acera junto a los otros juguetes.  Parecía observar resignada el juego de los niños.

El juego con los avioncitos de papel se extendió por largo rato más… ¡Hasta que nos aburrimos!

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