Rasgos negativos de nuestra cultura

No me referiré a la diversidad cultural, a las riquezas de nuestras idiosincrasia, a todas esas características positivas que nos definen como nicaragüenses y que nos hacen sentir orgullosos. Hablaré más bien  de los malos hábitos y malas costumbres que tenemos muy arraigadas como sociedad, y que son también parte de nuestra identidad cultural.

Es innegable que somos un país con muchas virtudes que vale la pena resaltar, pero de eso se habla bastante, sobre todo para vender una buena imagen como nación.  Pero también es innegable que  tenemos algunos defectos que nos caracterizan, y que también vale la pena enumerar bajo la premisa que nos reconozcamos en ellos, con el fin de ir rompiendo esos paradigmas sociales.

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Máscara de la danza de el Macho Ratón / Foto de Gipsy Galeano.

Usaré los términos más comunes para describir tales rasgos.

Somos hospitalarios, es verdad, pero a veces tanto, que  llegamos al extremo de convertirnos en “candil de la calle, oscuridad de la casa”, adagio muy popular que no en balde hemos escuchado de nuestros padres y abuelos desde que somos pequeños.  Y esos excesos de atenciones con los de afuera muchas veces nos hacen perder la perspectiva y terminamos incluso convirtiéndonos en  matamamas, expresión que en realidad tiene varias acepciones, pero en este caso, me remito a la usada para reconocer que terminamos atendiendo mejor al foráneo al punto de hacer a un lado a nuestros congéneres más cercanos.

Este sería una de esos primeros rasgos negativos, que aunque se desprende de uno positivo, es una muestra de que todo exceso es perjudicial. En este caso la condición de ser extremadamente hospitalarios se traduce en daños colaterales para los nuestros.

Horriblemente impuntuales

Probablemente estemos mejorando en esto. Tengo la vaga sensación de que así es.  Pero también es algo que tenemos tan arraigado, que hasta nos jactamos, como si fuera motivo de orgullo, con expresiones como: “nos vemos a las 11 pues” pero tras esa alocución advertimos: “hora nica”, adelantando de ese modo que es casi seguro que llegaremos después de la hora acordada.  Y lo peor es que nos contradecimos diciendo que “el tiempo vale oro.”

Bien lo ilustra Emilio Álvarez Montalván, en su libro Cultura política nicaragüense, al referir que “tenemos un menosprecio por el valor del tiempo, que expresamos en la impuntualidad a citas convenidas”, Álvarez atribuye esta actitud de minusvalía con que tomamos el tiempo, a una visión distorsionada del mismo y ejemplifica diciendo que es común escuchar expresiones como “convoquemos a las nueve para que podamos empezar a las diez”.

Cuando de encontrarse con alguien se trata, no importa si es una reunión de trabajo, una cita amorosa, o cualquier otro motivo, siempre una de las partes involucradas tiene que esperar, si no es que llegan tarde las dos, pues generalmente nos atenemos a que el otro va a llegar tarde. Sin embargo esto tambien tiene repercusiones mayores pues, por la impuntualidad se pierden oportunidades importantes. ¿Cuántos nicas de los que viajan al extranjero habrán perdido el avión por tan mala costumbre?.

Cochinos. Tiramos la basura en cualquier lugar. (Prefiero creer que también en esto hemos mejorado aunque quizá no tanto). Basta con fijarnos, los que no lo hacemos, que no hay un solo día en que no veamos gente tirando algo sea por las ventanas de los buses o cualquier otro vehículo, o también por parte de quienes se trasladan a pie. Incluso, hay quienes, disimuladamente cuando barren el patio o la acera de su casa, empujan a escobazos parte de la basura hacia la propiedad vecina.

Chismosos. Somos expertos en criticar. En todas partes, en todos  los espacios de interacción, en todas las clases sociales y en todas las edades, en el vecindario, en el barrio, en el residencial, en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en el mercado, y ahora hasta en las redes sociales somos “tulacuechos”.  Por todos lados pululan los chismes.

Burlescos. Nos gusta hacer chacota, mofarnos de los demás.  Por ejemplo, si vemos que alguien se cae, antes de preocuparnos por si se lastimó es como de rigor reírse primero. Como si estuviéramos programados para eso. Y por eso mismo es que, cuando nos pasa a nosotros, procuramos a toda costa levantarnos apenas tocamos el suelo, previo recorrido visual por todo nuestro alrededor, para asegurarnos que nadie nos vio, y no seamos el hazmerreir de quienes fueron espectadores fortuitos del espectáculo de la caída.

Pero también practicamos la mala costumbre de hacer mofa de la desgracia ajena, en diversidad de situaciones generalmente penosas para quienes las viven. No dimensionamos que eso afecta la autoestima, porque además somos toscos.  Chabacanas.

Además, nos hacemos los chanchos, (los desentendidos), cuando algo no nos conviene.

Tapudos y fachentos.  A veces resulta divertido ver y oír a gente jactándose de tener propiedades, o de haber hecho alguna proeza heroica (lo cuentan con lujo de detalles pero llenos de contradicciones, eso es lo que lo hace divertido), presumir de habilidades  y destrezas o de haber estado en lugares donde quizá jamás han puesto un pie.

Pablo Antonio Cuadra dice al respecto que “El nicaragüenses es un tipo imaginativo, fantasioso, que con mucha frecuencia llega a la extravagancia barroca o a la fanfarronería”.

A esto Emilio Álvarez le llama “fabulación” y la describe como “un recurso habilidoso para encubrir una intención que no se quiere mostrar o para referir un evento que nunca sucedió como parte de una trama de sorprender a alguien”.

Guatuseros (en buen nica), lo que en lenguaje culto sería aduladores o zalameros. Característica que se relaciona muy de cerca con las anteriores.  Al respecto tomo nuevamente una cita de Álvarez quien afirma que empleamos el halago o las zalemas, lo que conocemos como guatusa, para prometer empleos, exagerar cualidades, prometer lealtad incondicional, pagos que nunca llegan, mientras, con la mano dentro del bolsillo del pantalón, a puño cerrado, acomodamos el dedo pulgar presionándolo entre los dedos índice y del corazón.  ¡Ve qué belleza!, decía mi abuelita.

 Malapagas.  Mucha gente acostumbra pedir dinero prestado, (porque hay que reconocer también que si podemos ayudar a un amigo a  salir de un clavo, estamos prestos para hacerlo), pero luego cuesta que nos paguen, y lo peor es que nuestros deudores terminan convirtiéndose en nuestros enemigos, yo me gané un par de esa manera.

Sabelotodo. Nunca nos quedamos callados cuando de opinar sobre cualquier cosa se trata, aunque el tema en cuestión sea física cuántica y no tengamos noción de cómo se come eso. Todos tenemos amigos así.  Pablo Antonio Cuadra advierte al respecto que el nicaragüense nunca se queda con una pregunta sin contestar, si no sabe la respuesta la inventa.

Confianzudos. Conocemos a alguien y ya queremos tratarlo como un viejo conocido. Álvarez advierte que este rasgo de carácter del nicaragüense, procede del mestizaje forjado en la colonia, y lo describe como “una expresión de complejo social”, a lo que agrega que el trato confianzudo se usa como “una manera de acortar artificialmente la distancia interpersonal tratando al interlocutor recientemente conocido, como si tuviésemos con él una antigua amistad” el autor citado advierte que ese «igualamiento» más bien le produce desconfianza a algunas personas.

Y otra característica del nica es que en el plano individual suele proyectarse positivamente, hablamos del “yo” de muy buena manera, destacando la inteligencia como una de las características primordiales, pero cuando se trata de hablar del nica, colectivamente, se descalifica, “los nicas somos tontos por tal cosa”.

Cuadra lo ilustra muy claramente de la siguiente manera: en el criterio del nicaragüense, el “yo”, es inteligente. El “nosotros” estúpido. El nica en singular, es fanfarrón, en plural autocritico. Cuadra destaca que generalmente el nicaragüense se proclama colectivamente como estúpido  porque se deja montar a x o y gobernante.

Muchas de estas características son herencias del sincretismo dado por el choque cultural que significó la colonia, igual que el patriarcado.

Pero también estos rasgos culturales se pueden ir desarraigando en las nuevas generaciones con una mejor educación en valores.  Es importante hacer conciencia, de que si bien son rasgos que nos caracterizan, se puede ir trabajando en la ruptura de esos paradigmas para ser una mejor sociedad.  Y eso se logra si lo hacemos con los más pequeños. Enseñarles que la basura no debe tirarse en cualquier parte. Que la puntualidad es un valor importante, que no debemos prestarnos al chisme. No olvidemos que la identidad individual y colectiva se construye y es maleable. Seamos mejores nicas.

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