La verdadera luz nunca se apaga

Una tarde Luisa Amanda se sentó en una banca junto a una monja que tejía un enorme mantel. La religiosa le permitió tocar el tejido que se extendía sobre sus piernas y parte de la banca en la que ambas estaban sentadas.   Lo Palpó, sintió la textura de los hilos que entrelazados le iban dando forma al lienzo, las yemas de sus dedos fueron recorriendo aquella consecución de hebras que  definían el hermoso mantel.      

Luisa Amanda sintió fascinación por el trabajo de la monja. Llena del entusiasmo propio de una niña de 10 años, dejó escapar de su boca la frase: “¡enséñeme a hacerlo, yo quiero aprender!”. Tras su alocución vino una respuesta inesperada que heló su cuerpo y la inundó de tristeza: “vos nunca podrás aprender hacer esto.”  17 años después, Luisa Amanda Aguirre recuerda aquellas palabras de la monja como si ese episodio de su vida fue ayer.

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Luisa Amanda trabaja en la panedería de sus padres adoptivos, pero también hace bisutería, oficios en los que se ha vuelto experta.

Luisa Amanda perdió la vista cuando apenas tenía 9 años debido a una condición congénita.  La pérdida de su visión fue progresiva durante sus primeros años de vida hasta quedar totalmente ciega cuando se acercaba a su pre adolescencia.
Sus padres adoptivos en la búsqueda de una educación adecuada a su condición, la llevaron con las monjas a un convento en la ciudad de Granada.  Luego de un tiempo ahí, fue trasladada a Managua, se alojó por un año donde unos familiares y empezó a ir al Centro de Educación Especial Melania Morales, ahí tuvo sus primeros conocimientos del sistema de escritura Braille, posteriormente fue atendida por el Ministerio de la Familia, instancia que hizo las coordinaciones para que fuera internada en el Hogar de Protección Pajarito Azul, llegó ahí a los 11 años y ahí pasó los siguientes 13 años de su vida.

Asumiendo el reto

Las palabras de la monja, que Amanda en medio de su inocencia no logró asimilar en el momento que penetraron sus oídos,  tiempo después se convirtieron en su fortaleza y fueron asumidas como un reto. Ella se propuso demostrarle a la gente que si quería, podía.

En Pajarito Azul aprendió a tejer, y según Ana Lorena Medrano, subdirectora de este hogar de protección, lo hace muy bien “vieras que bonito que teje Amanda” dice con orgullo. Pero Amanda no solo aprendió, sino que además enseñó a otros jóvenes con discapacidad,  “yo fui nombrada monitora de los muchachos porque ya tenía un poco más de conocimientos de lo que era el tejido” refiere Amanda y agrega que elaboraban, entre otros productos, cojines, gorros y bolsos.

Así inició Amanda su recorrido por la vida en la búsqueda del conocimiento.  Se convenció que su condición de no vidente no sería impedimento para ir  a la escuela. Y fue esa convicción, lo que en medio de las dificultades, la hizo alcanzar las metas que hasta ahora ha logrado y es también esa misma convicción la que la tiene pisándole los talones a las metas que le falta alcanzar.

Repensando la vida

“Tenía 9 años cuando perdí la vista, ya estaba en segundo grado de primaria, ya tenía el conocimientos de leer y escribir” recuerda Amanda.  “En ese momento sentí que el mundo se había cerrado por completo para mí” dice mientras sus dedos entrelazados se mueven inquietos posados alrededor de un palo de escoba que hace las veces de bastón.

“Ya no podría ver más las letras. Ver todo lo que estaba a mi alrededor y ahora no verlo me entristeció mucho en ese momento” dice Amanda.  Sin embargo agradece a Dios que siempre tuvo el apoyo incondicional de sus padres.

El perder la vista a tan temprana edad, significó para Luisa Amanda replantearse su existencia. Implicaba que todo, absolutamente todo cambiaba para ella.  Sin embargo ella no perdió la motivación de aprender y decidió que la ausencia de la vista no sería obstáculo para alcanzar su sueño.  Sus padres estuvieron de acuerdo y la apoyaron incondicionalmente, el recurso económico nunca fue suficiente, pero el amor, el afecto y el apoyo moral, esos sí, siempre fueron abundantes.

A empezar de nuevo

Amanda se acomodó en lo que sería su nueva morada, el Hogar de Protección Pajarito Azul, desde donde asiste nuevamente a la escuela Melania Morales, esta vez para que curse la primaria formalmente,  “ahí tuve que comenzar de nuevo  mi primaria otra vez desde primer grado” narra,  recuerda que entonces en esta escuela especial  solo enseñaban hasta cuarto grado, “pero los que estábamos estudiando   le insistimos  a los maestros que nos dieran la oportunidad de que hubiera 5to y 6to para sacar la primaria todos ahí, y fue así que terminé ahí mi primaria completa” relata.

Enseñándole al maestro

Por esas paradojas de la vida, mientras Amanda cursaba el sexto de primaria tuvo que enseñarle el sistema Braille a un docente del centro que había sido asignado para apoyar el área de ciegos, “él no tenía ningún conocimiento del sistema Braille, y como yo lo había aprendido muy bien, me tocó enseñarle” afirma Amanda.

“Fue una experiencia bastante exitosa y un poco fuera de lo común, una persona ciega enseñándole Braille a un vidente, y pues gracias a Dios, el profesor aprendió bien” afirma Amanda muy complacida.  Amanda además recuerda que enseñó también a 5 jóvenes más.

La secundaria: nueva escuela, nuevos desafíos

Ingresar a una escuela para una persona no vidente es toda una hazaña. Aunque el Estado de Nicaragua a través del Ministerio de Educación está haciendo esfuerzos encaminados a la inclusión escolar de niños y niñas con discapacidad, los resultados son aun incipientes, hace falta mucho camino por recorrer en materia de inclusión, en buena medida por lo lento que marchan estas iniciativas y por la falta de la inversión necesaria.

Los maestros, por más voluntad que tengan, no están  preparados para enfrentar el reto de transmitir el conocimiento a niños y niñas con discapacidad.  No poseen las herramientas técnicas, pedagógicas ni metodológicas, La mayoría de centros escolares no cuentan con las condiciones básicas necesarias de infraestructura,  por lo que las buenas intenciones se ven limitadas.  Amanda está convencida que cuando la discapacidad es la ceguera, las cosas son aun más complicadas. Sin embargo aun con todo ese panorama, ella también cree  que realmente “querer es poder”.

¡Aquí estamos!          

“Pero no fue nada fácil” afirma Amanda.  Cuando ella ingresó a la secundaria, no solo los que serían sus nuevos maestros y compañeros de clases le dieron la bienvenida, las dificultades también lo hicieron, se presentaron de inmediato, le hicieron reverencia, la rodeaban como susurrándole con sorna que estarían ahí acompañándola. Ella lo supo desde el inicio, por eso se puso una coraza echa de una aleación de paciencia y actitud para enfrentarlas.

El Centro Educativo Maura Clarke en Ciudad Sandino,  fue el escenario donde Amanda se dispuso a terminar su educación media, fue matriculada en este centro por la cercanía al Hogar Pajarito Azul.

El inicio fue complejo, pero tanto ella como los docentes, en lugar de sucumbir a los temores y la sensación  de impotencia que les provocaba no saber cómo enfrentar los problemas, los asumieron y juntos buscaron soluciones.

“Los maestros no sabían qué hacer conmigo porque era la primera vez que ellos iban a tener a una persona ciega” recuerda Amanda, “había otros dos jóvenes con discapacidad, pero con ellos no hubo problemas porque ellos podían ver” agrega.

“Mi caso les planteaba un mayor reto, empezaron a preocuparse  por cómo iban a enseñarme, cómo iba a desplazarme en el centro, como iba a copiar, como iba hacer los exámenes” cuenta Amanda.  Pero con el ingenio, la perseverancia y mucha disposición se fueron venciendo las dificultades.

“Dígame donde está cada tecla y vamos de viaje”

Recuerda que en el primer año tenía que aprender mecanografía, el primer día de clase la profesora estaba desconcertada, no sabía qué hacer, Amanda rememora la primera conversación  con ella: “la maestra se sienta frente a mí y me dice, Amanda dígame como le explico, ayúdeme usted, yo le respondí, usted solo dígame donde está cada tecla y vamos de viaje, nos vamos a llevar muy bien”.  Ese breve dialogo fue suficiente para tranquilizar a la angustiada maestra, a partir de ese momento las cosas marcharon bien, “así fui aprendiendo con ella, paso a paso” aduce Amanda.

Un día la maestra vio que Amanda tenía un libro en Braille, y le orientó como asignación que lo tradujera en la máquina de escribir.  “Cuando entregué esa tarea todos los muchachos estaban sorprendidos, se preguntaban como hacía yo para no equivocarme y ella misma me puso como ejemplo porque mis compañeros,  que miraban muy bien, tenían un montón de manchas de correctores en sus escritos”. Con el tiempo Amanda se convirtió en la maestra de apoyo de mecanografía para estudiantes de quinto y sexto grado.

Letras, números y Braille

Las matemáticas también traían para Amanda problemas adicionales a los que plantean los libros. El no poder comprender la explicación que el profesor hacia en la pizarra la frustraba. “Tuve bastantes dificultades porque el maestro explicaba en la pizarra para todos los estudiantes, pero para una persona ciega como yo, es bastante difícil comprender algo que no ve”.

Pero Amanda hizo propia una premisa que la misma ciencia de los números establece: para cada problema hay una y hasta más soluciones. Bajo esa lógica Amanda siempre encontró alternativas para superar los nuevos obstáculos.

Amanda refiere que el primer año el profesor de Matemáticas le pidió que le mostrara lo que aprendió en sexto grado “necesito que me lo muestre” le habría dicho el docente. Amanda procedió, usando una regla como guía, para ir escribiendo de manera lineal y sin que los números se montaran unos sobre otros  empezó a mostrarle al profesor lo que aprendió en la primaria, “así fui haciendo los primeros trabajos que él me dejaba y sacando mis notas, luego tuve ayuda de  otras personas”.

Amanda cuenta que en lo sucesivo los compañeros le dictaban las operaciones matemáticas a resolver, le leían los textos, ella los pasaba a braille, y luego los estudiaba. Para facilitar el proceso de aprendizaje el profesor le hacia las evaluaciones orales.

“En segundo año tuve otro pegón” dice Amanda, “el profesor que me dio matemáticas en primero ya no sería el mismo y la enseñanza venía más pesada, era un libro más grande de algebra” explica.  “El maestro se me arrimaba y me decía, -¿cómo haremos con usted?-, ¡no me siento capacitado para esto!”.  La actitud de Amanda fue la misma que ya había tomado con otros maestros: “No se preocupe profe, hay va ver que no es difícil, la cosa es tener paciencia”.   “Y para no hacer el cuento más largo así saqué matemáticas y física” concluye Amanda.

¡Bendita tecnología!

Clases de computación.  Un nuevo problema, ni el aula tecnológica, ni el profesor a cargo, estaban preparados para recibir a Amanda.  El docente desconocía el programa informático JAWS (Job Access With Speech), un software diseñado para ciegos que convierte el contenido de la pantalla en sonido, de manera que el usuario puede acceder sin necesidad de verlo), Amanda sabia que en la Organización de Ciegos Maricela Toledo, lo usaban, se puso en contacto con la organización y se lo facilitaron.

“Conseguí el programa y se lo di al profesor, ya con eso él se sintió con más valor para enseñarme computación”, Amanda refiere que la orientación en el aula de computación era que todos  debían trabajar en silencio, cada uno en su computadora con un folleto que se les entregaba como guía de trabajo, “pero el lector de mi computadora iba diciendo cada cosa que yo iba haciendo y eso metía ruido a la clase, entonces para resolverlo, me conseguí una audífonos y listo.”

Amanda ha hecho parte de la filosofía de su vida la premisa “todo tiene solución” y en la práctica ha comprobado que siempre es así.

Honor al mérito

Aquí cabe reconocer el merito a quienes, pese a enfrentar las limitaciones mencionadas, poseen la sensibilidad y la vocación de servicio, se toman muy a pecho la misión a la que han sido llamados  y hacen de tripas corazón,  Amanda tuvo la suerte de encontrarse con docentes hechos de esa madera. Maestros y maestras verdaderamente comprometidos.  Por eso su educación fue un verdadero proceso de enseñanza aprendizaje, siempre fue un asunto de doble vía, la reciprocidad fue un valor transversal en su formación académica. Ella aprendió pero tambien enseñó.  Los maestros enseñaron, pero tambien aprendieron.

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Félix Rizo: El pequeño gran campeón

felix-rizoEl balón se desplaza sobre la cancha. Va y viene, viene y va,  no para de rodar  en todas las direcciones entre las piernas  de los jugadores que se  mueven con rapidez en busca de anotar un tanto para su equipo.

 Uno de los jugadores logra el dominio del balón y avanza raudo hacia la portería del equipo contrincante, ya cerca de ahí, da con precisión un puntapié al esférico  que de inmediato vuela en dirección de la portería.  Sin embargo el balón no puede penetrar porque su trayectoria es bruscamente interrumpida con mucha habilidad por el portero, lo que es celebrado de inmediato por sus compañeros de equipo.  El portero evitó una vez más que los contrincantes anotaran un gol.

La escena descrita anteriormente no es un duelo entre dos grandes equipos, ni se desarrolla en un estadio abarrotado de fanáticos, nada por el estilo.  Es un grupo de estudiantes que aprovechan el recreo para jugar fútbol en una cancha improvisada en la Escuela Cristiana Esmirna, en el municipio de El Sauce en el Departamento de León.

El portero es Félix Rizo de 17 años, quien ataja los intentos de meter gol desde su silla de ruedas, para lo que ha adquirido una habilidad impresionante.

Félix tiene una una malformación congénita  conocida como espina bífida, que le afecta su columna vertebral lo que no le permite desplazarse de otra manera que no sea en su silla de ruedas, pues tiene paralizadas sus piernas además padece con mucha frecuencia de afectaciones al sistema digestivo y las vías urinarias. Producto de la misma condición clínica, también padece de una disfunción cardíaca.  Sin embargo nada de eso ha sido obstáculo para que Félix practique deportes. Cuando juega futbol, es el portero, cuando de béisbol se trata, él es el pitcher de su equipo. En ocasiones se convierte en espectador; pues su papá lo lleva al estadio municipal a ver los partidos de pelota.

Félix tiene lo que a muchas personas le hace falta, actitud.
Félix tiene lo que a muchas personas le hace falta, actitud.

Pero también hay otras actividades que Félix disfruta hacer, como ir de pesca al rio con su papá o salir de paseo con sus hermanos, primos y amigos.

Félix, pese a sus discapacidad y a las recaídas frecuentes que lo postran por semanas, lleva una vida social muy activa y gratificante, hasta se ha trazado su plan de vida; entre sus aspiraciones destaca que quiere ser maestro, además sueña con estudiar ingeniería en sistemas, y si por alguna razón no logra alcanzar esas metas, pues también hay “Plan B”: quiere aprender a reparar celulares y poner su tallercito para tener su propia fuente de ingresos.

El éxito está en ir a la escuela

Nada de lo que se ha mencionado sobre la actitud positiva de Félix frente a la vida, fuera posible si su mamá se hubiera aferrado a la idea que tuvo fija por algún tiempo en su cabeza, una idea impulsada por los temores que la invadían,  ella había decidido que Félix no iría a la escuela.

“Yo había decidido no mandarlo a la escuela,  no quería mandarlo porque pensaba que los otros niños lo discriminarían, se burlarían de él, y que las profesoras no lo aceptarían” cuenta doña Miriam.

Actualmente ella reconoce que aun con todos sus temores, al final tomó la decisión correcta. Ahora no duda que la escuela ha hecho de su hijo lo que hoy es.  Félix además de aprender a leer, escribir y adquirir otros conocimientos, ha desarrollado habilidades que le permiten un buen nivel de autonomía, tener una autoestima muy alta, aceptarse a sí mismo y relacionarse muy bien con sus amistades.  “El se va solo hasta la escuela todos los días” dice orgullosa su mamá.

Venciendo los temores

Doña Miriam Hernández refiere que cuando se es madre de un niño como Félix, y no se tiene la información adecuada de cómo enfrentar esta situación, aflora la incertidumbre, la impotencia y un montón de sentimientos encontrados.  “Uno se siente que no haya que hacer, como si tuviera las manos atadas. Fue muy duro al inicio” rememora.

Fue cuando se acercó a buscar ayuda al capítulo de Los Pipitos, que empezó a tener una visión diferente sobre la discapacidad de su hijo. “La vida sigue”, “se pueden lograr muchas metas”, “la discapacidad no es una barrera”, fueron entre otras, las frases que le iban dando forma a la nueva perspectiva de ver el mundo.

Las charlas, terapias, capacitaciones y otras actividades en las que se involucró con su hijo en Los Pipitos, fueron determinantes para comprender mejor la discapacidad, aprender a que su condición no era motivo para excluirlo de la vida social, conocer sus derechos, asimilar y aprender a convivir con todas las dificultades, ahí aprendieron, ella, Félix y demás miembros de la familia a convertir las debilidades en fortalezas.

“Cuando comencé a ir a Los Pipitos, él tenía  5 años, ahí me dieron animo, me dieron valor, me convencieron para que yo lo mandara a la escuela. Pero si no fuera por eso, quizás el no estaría en el nivel que hoy está” reconoce doña Miriam.

Cuestión de actitud

Si bien existen las barreras arquitectónicas que dificultan su movilización, Félix no ubica eso entre sus mayores dificultades, porque para eso existen las mañas, como él mismo le llama a las habilidades que ha adquirido para hacer que su silla de ruedas se acomode a las condiciones de los espacios por los que se mueve así tenga que hacer acrobacias. Sube aceras y hasta gradas. Y no escatima esfuerzos para hacer una demostración de sus habilidades con su silla, camina hacia atrás, se inclina, equilibra la silla en una rueda, y si la cosa está bastante complicada, pues para eso están los amigos. “Nunca hay que darse por vencido” afirma.

Un verdadero gladiador

Actualmente Félix tiene 17 años y cursa el tercer año de secundaria, hasta la fecha ha sido sometido a siete cirugías.   Ha perdido dos años por las recaídas en su salud, pero sigue adelante, su actitud positiva ante las adversidades le ha hecho ganarse el cariño y respeto de sus maestras y compañeros de clases.  “Las profesoras lo quieren, son muy cariñosas con él, cuando él se enferma ellas vienen a visitarlo y le dan ánimos, también vienen a visitarlo todos sus compañeros” cuenta doña Miriam.

“Mi mayor dificultad es cuando me enfermo” indica Félix. Y es que cuando su salud se quebranta, el sufrimiento es inmenso, la enfermedad lo obliga abandonar la escuela mientras convalece. En el 2014 tuvo una recaída severa en su salud lo que lo obligó a pasar tres meses internado en un hospital de Managua.

Es ahí cuando a Félix se le juntan el dolor emocional con el dolor físico.   “Mientras se pueda yo no faltó ni un día a clases, pero cuando me enfermo no puedo ir y eso es muy triste” dice.   Su mamá relata que cuando recae, el dolor intenso por la infección renal no lo deja dormir. “no puede estar sentado mucho tiempo, le agarra un dolor muy fuerte, no puede dormir, la ultima vez no podía hablar ni comer” narra la afligida madre, a la vez que dice que pese a eso “cuando sus amistades lo visitan y le preguntan como está, él dice que bien, nunca dice que está mal”.

La actitud de Félix desde cualquier punto de vista es por demás admirable.  Tiene la madera de todo un campeón. No se amilana, ríe constantemente, es valiente.  Se levanta de sus recaída, es un todo un Caupolicán frente a sus dolencias. Isamar su hermana, un año mayor que él lo describe así en tres palabras: “Valiente, alegre y bromista”.

Don Félix, su papá es de pocas palabras, pero describe  a su hijo como un chavalo fuerte, luchador, admirable. Ante la insistencia de las pregunta se anima a contar un par de anécdotas sobre los momentos que comparte con su hijo, los que reconoce que son muy pocos debido a que tiene que salir a trabajar para suplir las necesidades básicas en la casa.

“A él le gusta ir al rio, lo llevo cuando voy a pescar, yo voy adelante pescando con la atarraya y el va detrás de mi recogiendo los pescados” cuenta.  surge una pregunta ingenua pero obligada: ¿pero cómo hace, hay algún caminito a la orilla del rio en el que él se desplaza con su silla de ruedas? La respuesta del padre no se hace esperar: “No hombre, yo a él me lo hecho atuto desde aquí hasta el rio, después lo hecho al agua y el va nadando detrás de mí”. Félix asiente mientras ríe, esta es sin dudas una de sus actividades favoritas de recreación.

Don Félix también juega beisbol y cuenta que lo lleva al Estadio Municipal a ver los partidos. Félix interrumpe a su padre “es muy divertido, sobre todo cuando el equipo de mi papa pierde me rio mucho, porque yo siempre apuesto al equipo contrario de mi papa” relata Félix, provocando la risa de todos.

Félix además ha participado en competencias deportivas intermunicipales organizadas por Los Pipitos, viajó a Malpaisillo y Quezalguaque. En Malpaisillo ganó el segundo lugar en carrera de sillas de ruedas.

Los padres de Félix están convencidos que la escuela ha sido determinante en la vida de su hijo y están decididos, en medio de sus limitaciones económicas, a apoyarlo hasta al final.  También está comprobado que la escuela tampoco puede soportar mucho tiempo su ausencia.  Si él no llega un par de días, toda la clase, compañeros y maestras, vienen a su casa a ver porque no ha llegado.

“Tenemos que seguir luchando para poder ir adelante mientras podamos” concluye doña Miriam sin titubear, sus palabras suenan revestidas de  firmeza y optimismo. Félix, desde su silla de ruedas, con una sonrisa que transmite serenidad, dirige una mirada cómplice a su madre. Don Félix e Isamar, su padre y su hermana, no pueden ocultar el orgullo que les hace sentir el pequeño gran campeón.